Tres «espantosos» terremotos sacudieron el oriente de El Salvador entre el 6 y 7 de mayo de 1951, provocando la «destrucción total» de los distritos de Jucuapa, en Usulután Norte, y Chinameca, en San Miguel Oeste. Una investigación del Dr. Helmut Meyer-Abich señala que dos de los sismos ocurrieron el domingo 6 de mayo (5:02 y 5:06 p.m.) y el tercero tuvo lugar el lunes 7 (2:21 p.m.); sin embargo, noticias de la época indican lo contrario.
Cada uno de los seísmos tuvo una magnitud cercana a 6.0. en la escala de Richter y se ubicó en el foco sísmico de Jucuapa-Chinameca. De acuerdo con el geólogo Helmut, en los meses siguientes «se sintieron muchos temblores débiles de caracter local que podrían considerarse como asentamientos finales».
Artículos publicados por LA PRENSA GRÁFICA en 1951 revelan que antes de los terremotos de mayo «no se había visto un desastre de esas proporciones». A continuación te contamos cómo se vivió esa tragedia que cobró la vida de centenares de personas y dejó miles de heridos.
«Iracunda naturaleza»
«La ciudad entera quedó envuelta en una espesa nube de polvo que nos ahogaba», relató a este medio un habitante de Jucuapa el 6 de mayo de 1951. El terremoto de ese día provocó la caída del 80 % de las viviendas del lugar, la mayoría construidas con adobe o bahareque. «Las casas han caído sobre las calles, llenándolas de escombros; las pocas que han quedado en pie pueden venirse abajo en cualquier momento», advertían otros pobladores.

Tanto la iglesia parroquial como la alcaldía de Jucuapa quedaron «completamente destruidas». Las notas periodísticas también mencionan el derrumbe del teatro local, donde muchos asistentes «murieron bajo sus escombros».
Además, debido al sismo se rompieron las cañerías de agua potable, los hilos conductores de la electricidad y las líneas telegráficas de varias ciudades orientales, entre ellas: Jucuapa, Chinameca, Santiago de María, Nueva Guadalupe y lugares aledaños.

«Desolación, ruina, muerte y dolor impera en la región oriental de la República», informaba LPG el 7 de mayo de 1951.
La «fuerza iracunda de la naturaleza», como la llamó el párroco de Chinameca, Mario Yanes, no dio tregua a los abatidos pueblos, ya que en los días siguientes hubo varios sismos fuertes. «El primer temblor no dio tiempo de nada, después le siguieron otros que terminaron en pocos minutos la destrucción de la ciudad», se lee en un antiguo artículo de este medio.

Debido al constante movimiento telúrico, las autoridades no podían determinar con certeza la amplitud de la tragedia; el primer informe señalaba al menos 200 muertes, pero los cálculos eran «mucho mayores».
La Asamblea Legislativa declaró duelo nacional para los días 7, 8 y 9 de mayo de 1951. Mientras que el papa Pío XII se unió al duelo salvadoreño el 11 de mayo, a través de un cable enviado a la Nunciatura Apostólica donde invocaba el «auxilio divino sobre la agobiada nación».
Éxodo masivo
La evacuación en Jucuapa, Chinameca y otras zonas devastadas por el terremoto inició poco tiempo después del hecho. «Ambulancias, camiones y todo tipo de vehículos eran aprovechados para trasladar a los más graves hacia los hospitales de San Miguel y San Vicente», informaba LA PRENSA GRÁFICA en aquella ocasión.
Los habitantes que no estaban heridos también abandonaron el lugar en ruinas y buscaron refugio al interior del país. Para el 8 de mayo, dos días después de la tragedia, el éxodo era de 35 mil personas.

«Las caravanas abandonando la ciudad son enormes. En pocos días la ciudad quedará desierta pues todos sus habitantes la abandonan», dice un antiguo artículo de LPG.
«Permanecí en mi puesto mientras mi resistencia al hambre y a la intemperie lo permitió, pero, llegando al límite de mis fuerzas, decidí abandonar aquel sitio terrible en donde ya comienza a sentirse el hedor de los cadáves que aún yacen bajo los escombros», relató a este medio un empleado postal de Jucuapa, que junto a dos colegas llevaron hasta San Salvador algunas cartas que pudieron rescatar.

¿A dónde se fueron los afectados? Según datos publicados por LPG el 16 de mayo de 1951, nueve mil damnificados encontraron refugio en el campus de la Universidad de El Salvador, otros 5,000 se fueron para San Miguel, mil para Cojutepeque y 500 a San Vicente; mientras que 54,000 personas seguían viviendo en «el área rural directamente afectada».
Asimismo, el Gobierno de Honduras acordó facilitar la inmigración de familias salvadoreñas perjudicadas por el terremoto.

Al tiempo que los pobladores huían del «ambiente de tragedia», los cuerpos de socorro continuaban con la remoción de escombros, movilización de refugiados, construcción de viviendas provisionales y demás tareas. Las autoridades establecieron una «cuarentena en la zona devastada» para evitar que los «curiosos» obstaculizaran dichos trabajos.
Temor a erupción
Dado que los terremotos se originaron en la región volcánica de Usulután-San Miguel, una posible erupción alarmó a los habitantes de la zona oriental, quienes afirmaron haber escuchado «retumbos subterráneos», pero ésto no ocurrió. «No se manifestó actividad volcánica como consecuencia del terremoto», señala una investigación del Dr. Helmut Meyer-Abich.
Sin embargo, según el geólogo alemán, los sismos sí ocasionaron derrumbes en las pendientes de los volcanes cercanos al epicentro: Berlín (también llamado Pelón), Tecapa (Laguna de Alegría), El Trigre y Chinameca.

Por su parte, el historiador Jorge Lardé y Larín destacó que 73 años antes, el 2 de octubre de 1978, un fuerte temblor causó la «ruina total de Jucuapa y daños parciales en Chinameca». Tanto ese desastre como el de mayo de 1951 se parecieron en la «violencia destructora» y el área afectada.
«Jucuapa ha sido y seguirá siendo una ciudad expuesta a idénticas catástrofes, pues ocupa el hipocentro de uno de los 20 focos sísmicos de El Salvador», advirtió Lardé y Larín.
Un amplio despliegue de ayuda
En su editorial del 8 de mayo de 1951, LA PRENSA GRÁFICA afirmaba que, tras los terremotos que sacudieron el oriente salvadoreño en los días previos, “la nación entera se ha levantado como un solo hombre, con la firme y fraterna voluntad de ayudar a mitigar el sufrimiento de los sobrevivientes de la terrible catástrofe”.
El Gobierno, dirigido por el coronel Oscar Osorio, creó el Comité Nacional de Socorro y la Asamblea Legislativa creó un fondo especial, de 500 mil de colones, para «prestar toda clase de ayuda a los damnificados».

La donación de un día de sueldo fue de las formas más comunes para contribuir con las víctimas, muchos empleados públicos y privados optaron por esta dinámica. Asimismo, panaderías y otros negocios entregaron parte de su mercadería.
«Todos estamos en posibilidad de sacrificar algunas de nuestras propias comodidades en beneficio de los que se quedaron sin ninguna», afirmaba la Cruz Roja, institución que lideró la recaudación y distribución de donativos.

Otros que se sumaron a la colecta fueron la diáspora salvadoreña en San Francisco, Estados Unidos; el Circuito de Teatros Nacionales, que donaron la taquilla obtenida con la presentación de la opereta «La Duquesa del Bal Tabarin»; y la Liga Mayor de Fútbol, que realizó un mini torneo el domingo 13 de mayo en el Estadio Nacional.
La ayuda extranjera tampoco faltó. México, Estados Unidos, Colombia y otras naciones enviaron aviones cargados con comida, ropa, tiendas de campaña y medicinas para los damnificados; Cuba, por su parte, mandó personal de salud para asistir en las labores médicas. Los países centroamericanos también brindaron su apoyo: Costa Rica incluso declaró duelo nacional por tres días.
Balance de daños y reconstrucción
El 15 de mayo de 1951, la Dirección General de Sanidad informó que los terremotos en oriente afectaron a un total de 96,000 habitantes, 17 mil de los cuales eran niños menores de cinco años y 22 mil de edad escolar; el resto eran adultos. La cifra de fallecidos oscilaba entre 500 y mil personas; no hubo un número confirmado por las autoridades.

Una semana después, el Gobierno anunció la construcción de cuatro campamentos provisionales para los damnificados: tres con capacidad para 3 mil personas, ubicados en Nueva Guadalupe, San Buenaventura y Santiago de María, y uno para mil personas en Berlín.
La entidad señaló que se enviarían a los refugios herramientas y materiales para labores de carpintería, panadería, herrería y lavandería, con el fin de “normalizar la vida de trabajo en las zona que abarcan los campamentos”.

La administración de Óscar Osorio también planeaba construir una «nueva ciudad modelo» para «reparar la pérdida de las más importantes ciudades de la zona oriental». Esta urbe, que pretendía unificar los poblados de Jucuapa y Chinameca, estaría ubicada en el centro del Valle de la Esperanza, un área que era utilizada exclusivamente para la agricultura.
El proyecto no prosperó debido a problemas logísticos y el descontento de los pobladores, siendo cancelado en noviembre del 51. De acuerdo con una investigación del antropólogo Jorge Arturo Colorado Berríos, las ciudades terminaron reconstruyéndose en sus lugares originales.
Homenajes
El 6 de mayo de 1952, sobrevivientes de los terremotos realizaron una serie de actos para conmemorar el primer aniversario de la tragedia. El homenaje se inició con campanadas en la destruida iglesia parroquial de Jucuapa y continuó con una misa celebrada en una carpa improvisada.

Al mediodía, partió una procesión fúnebre hacia el cementerio, donde se coronaron las tumbas de las víctimas. A las 5:00 p. m., hora en que ocurrió el sismo, se guardaron cinco minutos de silencio en honor a los fallecidos. La jornada concluyó con oraciones en la capilla local.
El desastre natural también inspiró una producción radioteatral titulada «Tierra conmovida», interpretada por el cuadro escénico Los Amigos del Teatro, así como el poema «Mural de sangre para Jucuapa y Chinameca», declamado por el mexicano Manuel Bernal.


















