El Malilla: de Valle de Chalco a conquistar el Palacio de los Deportes

El Malilla: de Valle de Chalco a conquistar el Palacio de los Deportes

DOMINGA.– Hay fenómenos que no se explican sólo desde la música, sino desde el territorio, el contexto social y la necesidad colectiva de verse reflejados en alguien que viene del mismo lugar. El Malilla pertenece a esa estirpe. No es sólo un cantante urbano con 1.4 mil millones de reproducciones en Spotify, sino el rostro de una generación criada entre la precariedad, la violencia normalizada y el ingenio como forma de supervivencia. Su historia, que inicia en Valle de Chalco, confirma que lo que nació en el barrio dejó de ser un secreto local para volverse un fenómeno global.

Valle de Chalco Solidaridad es uno de los municipios más jóvenes y densamente poblados del Estado de México. Con más de 400 mil habitantes –según cifras oficiales–, es una zona marcada por el crecimiento desordenado, la informalidad laboral y una presencia constante de violencia. Durante años ha figurado en los registros de percepción de inseguridad como uno de los municipios donde la normalización del delito forma parte del paisaje cotidiano.

En 2020, la población en Valle de Chalco Solidaridad fue de 391,731 habitantes | Jesús Quintanar / Milenio

Ahí creció Fernando Hernández Flores, nombre real del cantante El Malilla, rodeado de calles polvosas, transporte saturado, comercio ambulante y una cultura que se expresa lo mismo en el habla que en los golpes o, en raras excepciones, en la música. En enero lo vimos departiendo en fiestas privadas durante la Fashion Week de París  junto a celebridades, como Sebastián Yatra o Pharrell Williams.

Pero antes de todo, fue empleado como muchos otros jóvenes del oriente del Valle de México: trabajos temporales, jornadas largas y sueldos mínimos; fue repartidor, ayudante y vendedor, oficios que El Malilla asume sin romantizarlos, entendiendo que eran parte del camino.

Luego la música apareció, primero, como una válvula de escape, y después, como una obsesión. Grababa con su celular lo que tenía a la mano, subía canciones a las plataformas digitales sin una estrategia clara y aprendía sobre la marcha cómo funcionaba un ecosistema que, en ese momento, parecía lejano a su realidad. Eso fue el inicio de los artistas urbanos más escuchados de México. Ahora su historia lo llevó a uno de los escenarios más importantes: el Palacio de los Deportes.

El Malilla lleva consigo el sonido del Valle de Chalco

Show de El Malilla en el Palacio de los Deportes
El Malilla se presentó en el Palacio de los Deportes el pasado viernes 13 de febrero | Cuartoscuro

El apodo nació en la misma calle y se quedó. El Malilla no se construyó desde una oficina de marketing, sino desde la lógica del barrio: nombre directo, actitud frontal y letras que no piden permiso. En sus canciones aparecen la fiesta, el deseo, la calle, el exceso y también una forma de humor que conecta con quienes crecieron en entornos similares. “Yo no canto lo que no conozco”, ha dicho en más de una ocasión en conferencias de prensa. “Canto lo que vi, lo que viví y lo que vive mi gente todavía”.

El ascenso fue gradual. “B de bellako”, “Bien bebé”, “Mami tú” o “Tiki” comenzaron a circular primero en redes sociales, luego en fiestas, después en antros y finalmente en los algoritmos de Spotify. El Malilla suma hoy casi ocho millones de oyentes mensuales en la plataforma, cifras que lo colocan como uno de los artistas urbanos más escuchados de México, por encima incluso de propuestas más cercanas al pop tradicional. En un mercado saturado, su permanencia no es casualidad.

El ascenso de El Malilla

Comparar sus números con estrellas globales puede parecer desproporcionado, pero sirve para entender la escala del fenómeno. Sin jugar en la misma liga que Bad Bunny o Karol G, El Malilla compite en atención dentro del mercado latino. Sus reproducciones superan las de muchos otros artistas con mayor exposición mediática y sus canciones acumulan decenas de millones de streams sin el respaldo de las grandes campañas internacionales.

En México, su impacto es comparable al que en su momento tuvieron figuras como el rapero Santa Fe Klan o –más recientemente–, Peso Pluma: artistas que conectaron desde lo local para convertirse en auténticos símbolos generacionales.

Parte del debate en torno a El Malilla tiene que ver con sus letras. Explícitas, cargadas de sexualidad y referencias adultas, han generado polémica, sobre todo porque una parte importante de su público está compuesto por niños y adolescentes. La pregunta aparece de inmediato: ¿por qué conecta tanto con audiencias tan jóvenes? La respuesta no es simple, pero pasa por la honestidad del lenguaje. El Malilla no escribe para educar ni para escandalizar; escribe como se habla en su entorno. Esa naturalidad, lejos de suavizarse, se amplifica en redes sociales donde los fragmentos más provocadores se vuelven virales casi de inmediato.

Él mismo ha sido consciente de esa polémica y responde tajante: “Yo no hago música para niños, hago música para adultos, y no puedo controlar quién la escucha. Lo que sí puedo hacer es ser claro con lo que soy y de dónde vengo”. Esa postura, aunque es incómoda para algunos sectores, ha reforzado su imagen como un artista que no se disfraza para agradar.

Su reciente concierto en el Palacio de los Deportes marca un punto de inflexión. No sólo por el tamaño del recinto con capacidad de casi 20 mil espectadores, sino por lo que simboliza para alguien que salió de Valle de Chalco. Es la validación institucional de un proyecto que creció al margen.

En una entrevista reciente reconoció a la prensa que subir a ese escenario es “un sueño que nunca planeé, así de grande”, pero también una responsabilidad. “Porque no quiero olvidar de dónde salí, eso es lo que me trajo hasta aquí”, dijo durante la presentación del espectáculo.

“Si me voy del Valle de Chalco, ¿entonces de qué hablo?”

El Malilla no quiere irse de Valle de Chalco
El Malilla se ha presentado en escenarios como el del Coca Cola Flow Fest y Coachella | Cuartoscuro

A diferencia de otros artistas que, una vez alcanzado el éxito, se mudan a zonas exclusivas, El Malilla ha insistido en mantener su base en Chalco. No como discurso publicitario, sino como decisión personal. “Aquí está mi gente, mi familia, mis amigos. Si me voy, ¿entonces de qué hablo?”, ha dicho. Esa permanencia también se ha traducido en una nueva faceta: la de productor e impulsor de talentos emergentes, muchos de ellos del mismo barrio. Estudios caseros, colaboraciones y asesoría informal forman parte de una red que busca replicar el camino que él recorrió, pero con menos tropiezos.

Para eso creó La Esquina Inc, un sello que El Malilla define simplemente como “del barrio para el barrio”. Ese rol detrás de cámaras lo acerca a figuras como Daddy Yankee en sus inicios o incluso a raperos estadounidenses que entendieron el valor de crear comunidad antes que industria. Aún así, el intérprete no se presenta como salvador, pero sí como referencia tangible de que es posible romper el cerco social. En un país donde el origen suele determinar el destino, su historia funciona como excepción que interpela.

El fenómeno, entonces, no se explica sólo por Spotify, ni por la viralidad, ni por el Palacio de los Deportes. Se explica porque El Malilla encarna una narrativa reconocible para millones de personas que rara vez se ven representadas en el centro del escenario. Porque canta sin filtros, porque no maquilla su origen y porque, en un entorno adverso, logró convertir la experiencia cotidiana en capital simbólico.

A futuro, sus planes incluyen seguir produciendo, internacionalizar su sonido y consolidar un sello que funcione como plataforma para nuevas voces del oriente del Estado de México. “No quiero ser el único que salga”, ha dicho. “Quiero que salgan más”. En esa frase se condensa la lógica del fenómeno: individual en el éxito, colectivo en la aspiración.

El Malilla es, en última instancia, el reflejo de un país que se escucha a sí mismo en clave urbana. Un artista que incomoda, conecta y crece desde un lugar históricamente marginado. Un fenómeno que no se entiende sin Chalco, sin la calle y sin una generación que encontró en su música una forma de decir: aquí estamos.

GSC/ATJ 

Fuentes

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