Este es el título de la novela de Ariel Barría Alvarado (1959-2021), ganadora del premio Miró en el año 2006, sobre la que me permito hacer algunas acotaciones personales como lector y admirador del legado literario de este gran escritor panameño que desafortunadamente, ya no está con nosotros.
En primer lugar, queda claro que La casa que habitamos es la figura literaria escogida con muy buen tino por el autor para referirse metafóricamente a nuestro país. Ese país, como cualquier otro, en apariencia sano y decente a la luz del día, pero depauperado, lleno de mentiras, bajezas y frivolidades ante la complicidad de la noche y las sombras licenciosas del poder.
Conviene advertir que, la novela empero, no se refiere a una descripción plana o lineal de la realidad impregnada del anecdotario urbano que resume cada día los titulares de las noticias. Por el contrario, Ariel, siempre poseedor de un agudo y fino sentido del humor, convierte la intuición, en un exquisito recurso literario con el que facilita al lector deducir con lo no dicho y lo sobreentendido, aquello importante que en primera instancia luce oculto.
El intrincado ensamblaje de la trama en cada capítulo resulta tan natural en la obra, que hace parecer fácil su estructuración, sin serlo. Por ello la novela desde sus inicios se convierte en una lectura amena entretenida y hasta divertida -¿quién dijo que la literatura es para fruncir el ceño-.
El autor sabe, como buen escritor, ajustar el diapasón para tensar las cuerdas finales de cada capítulo y mantener así, el clima de zozobra y expectativa hasta llegar al momento crucial de la novela sin que se pierda el efecto de consecuencia o causalidad de la trama.
En efecto, La casa que habitamos está teñida de acciones de intriga, traición, violencia y venganza que se entretejen y se van hilando con cada circunstancia que impacta al personaje principal, en un solo día de vivencias en el maltrecho escenario de la anémica sociedad que de una forma u otra todos reconocemos como propia.
Resumiendo, la novela de Barría Alvarado no se agota en una denuncia social convencional ya que el manejo de la auto-ironía como herramientas narrativas, plasma la cotidianidad de la violencia y el encanallamiento de la sociedad contemporánea de una manera novedosa.
Sin embargo, como mis observaciones no implican un compromiso laudatorio por mi relación de amistad y aprecio por el autor, debo agregar, a fuerza de seguir siendo sincero, que en la parte crucial de la novela durante el desenlace -antes del final- surge una especie de argumentación forzada entre los personajes -Esteban y Rodrigo- que deriva a mi juicio, en innecesarios puntos de incongruencia que debilitan un tanto la obra en su conjunto, haciendo parecer además a última hora, la misma, como una aventura de Dick Tracy o el guion de un thriller de Hollywood.
Pese a este fugaz momento de desencanto, la novela recrea con maestría literaria en su conjunto, aquel país de tambores silenciosos y noches de patas de cabra que incuestionablemente caracteriza a la casa que habitamos. Con este aporte, el autor cumple una vez más con lo dicho en alguna ocasión por Carlos Fuentes: -la literatura sigue siendo un arma para las adversidades de la vida, para sosegar el ruido y para rasgar el silencio-.
El autor es escritor y pintor












