En esta fábrica, como en muchas actualmente en Cuba, el horario de entrada lo marca el momento en que llega la corriente eléctrica. No hay tiempo que perder. En jornadas de tres horas, a veces imprevistas –puede ser a las cuatro de la madrugada, a las 11 de la mañana o a las cinco de la tarde–, hay que moler, dispersar, mezclar y envasar.
Así se escribe la jornada productiva en la UEB Pinturas Vitral de Nuevitas, una de las tres fábricas de pintura acuosa del país y la única que existe desde Ciego de Ávila hasta Guantánamo.
Este centro, fundado el 28 de febrero de 2003 con apenas 18 trabajadores, hoy emplea a cerca de 50. Nació con un doble propósito: dar continuidad laboral a obreros de la fábrica de fertilizantes y dejar de trasladar pintura terminada desde La Habana.
«Traer tres camiones de pintura desde occidente era cargar con uno de agua», explica Berardo Seijó Díaz, especialista principal de ventas y fundador de la unidad. «Mejor traer uno de materia prima y hacer cinco aquí».
La lógica era económica, pero también de soberanía. La fórmula principal, la línea Súper Transpirable para interiores, se sustenta mayoritariamente en materias primas nacionales. «Cada litro que producimos es un litro que no se importa», afirma Seijó, quien a sus 65 años conserva el registro histórico de la fábrica: de 40 000 litros mensuales al inicio, hasta récords de 330 000 litros en un mes y 34 000 en un día.
ENTRE LUCES Y SOMBRAS: UN DESAFÍO SOBRE RUEDAS
Este crecimiento no ha estado exento de lo que sus trabajadores llaman, sin rodeos, «el talón de Aquiles»: la transportación.
Roxana Casanova Barón, jefa de Abastecimiento, lo explica con los números en la mano: cada mes se necesitan al menos ocho viajes con carbonato de calcio (unas 150 toneladas) desde Holguín o La Habana, y otros tres para envases e insumos. El combustible escasea y los transportistas priorizan alimentos, y la provincia de Camagüey –reconoció con franqueza– no brinda todo el apoyo necesario.
«Hemos tenido que recurrir a camiones de Ciego de Ávila y Las Tunas. Cuando un camión va cargado de carbón y regresa vacío, lo enganchamos para la pintura», explicó. No es solo el transporte de materia prima. También el de los envases y el de los productos terminados.
Si la transportación es un desafío horizontal, la electricidad lo es vertical. En Nuevitas los cortes superan las 15 horas diarias. La fábrica opera, literalmente, al ritmo de la generación eléctrica nacional. Sin embargo, Franquier Gómez Lechuga, jefe de Producción, de solo 27 años, lo asume con naturalidad: «Apenas avisan que hay corriente, movilizo a la jefa de brigada, ella llama a los operarios y en minutos estamos aquí».
Son 12 trabajadores claves: seis en molienda, seis en llenado. Cuando la energía llega, entran en acción. Cuando se va, se dedican al etiquetado, la limpieza o el mantenimiento. Todo el proceso de llenado es manual. «Es un invento nuestro –dice un operario mientras vierte la pintura en cubetas–, pero funciona».
Idalmis Pérez Atencio, jefa de brigada, supervisa ambos turnos con una serenidad que solo da la experiencia. «Lo hacemos porque es nuestro trabajo, porque nos empeñamos en cumplir y en no dejarnos vencer por las dificultades», aseveró.
En tiempos en que la fluctuación laboral es alta, esta UEB de Pintura Vitral exhibe una estabilidad llamativa.
No es un lugar donde cada tres meses sacan a los trabajadores o la fábrica para por años. Eso favorece que la gente se quede. El salario se complementa con utilidades trimestrales, pagos por resultados y el llamado «mes 13». Pero más allá de los incentivos materiales, parece existir, por encima de todo, un sentido de pertenencia. Franquier, el joven jefe de Producción, estudiante de Ingeniería Industrial, lo dice sin aspavientos: «Tengo la estabilidad laboral que no cambio por nada».
CALIDAD, AUTONOMÍA Y DEPENDENCIA: EL ETERNO EQUILIBRIO
En el laboratorio, en el que se mide el pH y la viscosidad, Miguel Hernández Núñez, tecnólogo principal, explicó que la pintura para interiores no es «peor» que la de exteriores: tiene su fórmula, su propósito. «Lo importante es que el cliente sepa aplicarla. Una vez vino uno a reclamar, y resultó que no había mezclado bien: el agua estaba arriba y el sólido abajo».
Aunque la planta es autosuficiente operativamente, las decisiones financieras y estratégicas se toman en la empresa matriz de La Habana. «Todo lo que se ingresa aquí va para allá. Pero como tenemos resultados, no hay problemas de pagos», aclaró Berardo, y agregó que, paradójicamente, siendo la unidad más pequeña, es la que mejor cumple su plan de ventas.
Hay en estudio un proyecto de instalar paneles solares, pero aún no llega. Mientras tanto, la fábrica sigue su ritmo acompasado, entre la urgencia y la paciencia. «Si tuviéramos más materia prima, produciríamos más. Si tuviéramos más corriente, también», aseguró Franquier.
En una Cuba donde el Estado y el sector no estatal coexisten –y a veces compiten–, esta UEB de Pinturas Vitral sigue siendo un ejemplo de producción local, de sustitución de importaciones, de resistencia obrera. No es una fábrica de cuento, sino real, con problemas reales, pero también con logros concretos. Aquí no se esperan milagros. Ellos pintan paredes y lo hacen bien.
Mientras el sol cae sobre Nuevitas y otra jornada, con o sin corriente, se anuncia, las cubetas de pintura esperan en fila, etiquetadas a mano, listas para salir. Cada una lleva consigo no solo color, sino la prueba de que, aun entre cortes, desabastecimientos y viajes inciertos, este país sigue produciendo, muchas veces más con el corazón que con los recursos necesarios. Con esfuerzo, con ingenio, estas manos no se cansan de pintar una capa de esperanza.











