II Guerra Mundial y posterior suscripción de La Carta de las Naciones Unidas (ONU) – La Prensa Gráfica

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En 1944, durante la II Guerra Mundial, cuando Alemania aún no se rendía a las fuerzas aliadas, los presidentes de las cuatro potencias predominantes entonces —Estados Unidos, Inglaterra, Rusia y China— decidieron que debía crearse una organización internacional basada en la igualdad soberana de toda nación, con el fin de mantener la paz y la seguridad mundial. Acordaron redactar compromisos que sentarían los principios en que se basaría tal convenio, para que jamás sucediera otra guerra similar. Hasta allí, todo resultaba loable, pues sería en beneficio del ser humano. Así da inicio la “Carta de las Naciones Unidas”. Representantes de los gobiernos estadounidense, británico, soviético y chino comenzaron su redacción, plasmando los cimientos de la nueva organización, que contaría con un Consejo de Seguridad con miembros permanentes.
Formar ese Consejo de Seguridad con todos los poderes del mundo en sus manos fue una disposición disparatada, que ha causado el innegable declive y la degenere de la ONU.
Siendo que cada palabra escrita sobre papel, nota o cualquier otro soporte es meramente eso —una “palabra”—, una acción o un ejercicio, por tanto materia inerte, puede significar cualquier cosa. Ninguna palabra toma vida mágicamente por sí misma, sino que es el ser humano, con su raciocinio, quien le da vida, proporcionando a cada una un significado preciso. Así es como los humanos nos comunicamos con el resto de nuestro género, de forma oral, escrita u otros medios, asistidos por nuestra cognición.
Al analizar la redacción de la Carta de la ONU, debe tomarse en cuenta que Franklin Roosevelt, presidente de Estados Unidos, era episcopal; Winston Churchill, primer ministro de Inglaterra, anglicano; y Chiang Kai-shek, en China, conservador —posteriormente convertido al catolicismo—. Siendo estos tres gobiernos de corte moderado, por practicar principios, valores, creencias morales y fundamentos similares, se observa cómo algunos de ellos están claramente sustentados en los cánones del Decálogo. Esto es rebatido hoy por dirigentes ateo-marxistas infiltrados en esa organización.
Así, no en balde, por la similitud de muchos artículos de la Carta de la ONU de 1944 y la posterior redacción en 1948 de la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” con el Decálogo, muchos consideraron que diversos artículos estaban basados en los Diez Mandamientos, sumados a enseñanzas cristianas. Un ejemplo se encuentra en los primeros tres artículos, que establecen los derechos fundamentales de las personas a la vida, la libertad y la seguridad (“No matar”, Decálogo). Debe recordarse que, muriendo, no existen más derechos.
El gobierno ateo-marxista ruso de Joseph Stalin, lógicamente, sería discordante con esos pensamientos.
Tomemos como ejemplo la palabra soberanía, a la que toda nación tendría derecho. Dar vida a la palabra soberanía debió, evidentemente, ser objeto de un estudio profundo, pues Stalin tendría la oportunidad de seguir en el poder indefinidamente, sometiendo aún más al pueblo ruso mediante su hegemonía tiránica.
Al investir la palabra soberanía como derecho de cada nación, Stalin debió haberse henchido de gusto, pues Rusia, con soberanía, significaba para él y su gobierno comunista volverse intocables, como efectivamente sucedió.
Esa “soberanía” es reclamada hoy por los compinches de Maduro, por habérsele al fin encarcelado como se merecía por su tiránico imperio sobre su pueblo, estado que administran tantos gobiernos autócratas en la actualidad.
Mientras tanto, la ONU, la OEA y el resto de organizaciones mundiales inoperantes siguen dedicadas a escribir resoluciones triviales e inútiles, pero —¡ojo!— dictan leyes perversas contra la humanidad para destruir la vida mediante aborto y eutanasia; la familia; la religión y valores similares, mientras mantienen lujosas vidas de juerga y despilfarro, gastando el dinero de los países contribuyentes en sus ya acostumbradas y profanas organizaciones.
Habría sido bueno acogerse al Decálogo, como parecía. Porque, les guste o no, Dios sí existe y se los cobrará.
Felicito a Trump por hacer justicia a los oprimidos venezolanos y por dar ejemplo al salirse de la ensarta de tan inútiles organismos.

Fuentes

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